miércoles, 8 de noviembre de 2017

La niña de la fotografía

IX relato de “La Barbera. Una burbuja en el tiempo” o “Cuando los límites se entrecruzan”.

Últimos meses del año 1993.
Pepica vivía allí junto con su hija menor. Su marido no convivía con ellas, ya que estaba al cuidado de una finca en las afueras del pueblo. Los dos o tres días al mes en que les visitaba, se quedaba a dormir en una de las habitaciones que entonces había en la planta baja. Era una habitación ensombrecida, gastada y deslucida, con grandes manchas de humedad en una de sus paredes, en el cuarto había una lúgubre cama vieja de primeros del siglo XX, acompañada de una cómoda con su espejo de cristal moteado por el paso del tiempo, una mesita de noche carcomida y a su lado una tétrica silla de madera barnizada un montón de años atrás, con un oscuro esmalte cuya reseca envoltura se desprendía de ella. En un ángulo de la estancia se hallaba un perchero de pie de las mismas características que la silla, pero ocupado con alguna telaraña.

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El esposo de Pepica era un personaje curtido por la soledad de sus últimos años. Desde joven había sido un hombre de mundo, entendido y competente en varias profesiones. En algunas etapas de su vida ganó mucho dinero y en otras tuvo que vivir a costa de su mujer. A pesar de no tener estudios, no era un ignorante ni un ingenuo y mucho menos influenciable o sugestionable.
Después del fallecimiento de Dª Antonia, empezó a utilizar esa habitación para dormir.
Una mañana, después de pasar la noche en La Barbera, al ir a desayunar, Pepica lo vio adormilado, como cansado, raro. Le preguntó varias veces si le ocurría algo y éste contestaba siempre con negativas.

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Pasaron un par de semanas y de nuevo el marido de Pepica volvió a La Barbera. A la hora del desayuno ocurrió lo mismo. Tanto insistió ella, que, a pesar de no querer inquietarla, le dijo que se sentara, porque le tenía que contar lo que en dos ocasiones le había sucedido en esa habitación.
─Pon atención a lo que te voy a decir Pepica. A partir de las doce de la noche no entres en esa estancia.
Sobresaltada le preguntó.
 ─ ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
─Mira, no quería decirte nada para no preocuparte, pero tampoco quiero que pases por lo que yo he pasado allí. Te lo voy a contar, ya que tarde o temprano lo ibas a saber.

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─Tú sabes que yo no creo en esas cosas, pero esto lo he vivido personalmente. Las dos últimas noches que he pasado en esa habitación he vivido lo mismo, se repite la misma situación. Al poco tiempo de acostarme, y ya sabes que me acuesto tarde, sobre las doce o la una de la madrugada, comienzo a oír hablar a gente, pero no los veo, son varios, pero no puedo apreciar cuántos, ni entender lo que dicen. Al cabo de un rato, veo que, desde un extremo de la habitación, vienen caminando un señor de unos 55 años, vestido de negro y con sombrero y asida a su mano, una niña de unos seis o siete años, con un vestido totalmente blanco, con una cinta también blanca en su pelo, pasan por delante de la cama y se pierden por el otro lado de la estancia. Van hablando, pero tampoco puedo entender lo que dicen. Esa algarabía dura casi hasta el amanecer, y claro, no me deja conciliar el sueño.

                    Catalina Aragonés Aragonés (1863-1885). Catàleg Vilamuseu

Después de estas dos primeras experiencias convivió con muchas más, aunque todas eran las mismas, se repetían, pero dejaron de afectarle hasta el extremo que cuando pasaban por delante de la cama los saludaba y se echaba a dormir y al día siguiente le decía a Pepica.
 ─Esta noche he tenido la visita.
Pasaron varios meses y un día, una de sus hijas, curioseando uno de los libros que había en la pequeña biblioteca de la casa, encontró dentro del tomo, una vieja fotografía de una niña. Cuando se la enseñaron al hombre, sin decir palabra rompió a llorar, y cuando pudo, balbuceando dijo:
 ─Esa es la niña que veo pasar por la habitación y lleva ese mismo vestido.

                                            Hombre deprimido. sde.co.ke

El esposo de Pepica murió en La Barbera en mayo del 2001 y hasta su fallecimiento siguió utilizando esa habitación. Aunque no siempre, continuó oyendo el guirigay de voces y observando a la niña cogida de la mano del hombre vestido de oscuro. La niña de la foto, era la tía de los últimos Aragonés, pero éstos no la conocieron porque murió con 22 años, antes de que ellos nacieran.


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