jueves, 23 de junio de 2016

Una capital del cuarto mundo. Katmandú (Nepal).


El helicóptero nos trasladó desde Lukla al aeropuerto de Katmandú donde nos estaban esperando dos ambulancias. Una de ellas se llevó a la señora alemana y la otra a Joan y a mí. Subí en el asiento delantero junto al conductor. No podía entrar puesto que el espacio era insuficiente. Con señas le hice ver al conductor que no cabía y se encogió de hombros. Puse mis rodillas pegadas al cristal parabrisas y así llegamos al hospital después de una odisea con sirena incluida y que nadie respetaba ni hacían caso. Ya comenté en el primer capítulo de Desafío Nepal (Mi experiencia) que allí la circulación es un desbarajuste.

                                                       Bicicletas taxi en Katmandú

Ya en el hospital, la atención y la asistencia fue muy buena, nos atendieron estupendamente. Muchas pruebas y nos llevaron a una confortable habitación, no sin antes “tirar” a un muchacho que ocupaba una de las camas. La única pega fue que el agua de la ducha y el lavabo salía amarillenta. Esa noche ya comí algo sólido que nos trajeron a la carta de un restaurante y también dormí. ¡Por fin!
Al siguiente día nos dieron el alta y Dawa, siempre pendiente de nosotros, nos acompañó con un taxi al hotel. 

                                        El barbero afeitando en su lugar de trabajo (la calle)

Aún quedaban tres días para que nuestros compañeros volvieran de la expedición y teníamos que aprovecharlos haciendo turismo.
Contratamos, todo y siempre a través de Dawa, un guía que hablaba español, un coche de lujo y un chofer. Hicimos una tournée visitando dos ciudades cercanas a la capital y que son Patrimonio de la Humanidad y la gran estupa.

                                     Ceremonia religiosa similar a la comunión católica

Cuando llegaron al hotel a recogernos, nos abrieron las puertas del coche y el vigilante uniformado se nos cuadró haciendo el saludo militar, nos sorprendimos y nos preguntamos a qué era debido todo eso. Esto se repitió cada vez que entrábamos y salíamos del coche y nos dimos cuenta de que vehículos como ese había pocos y nos confundían o nos tenían como personas importantes y/o ricas.

                                Muchos edificios apuntalados por el terremoto de 2015

Nos llevaron a la primera ciudad, Patan, llovía pero las calles estaban llenas de gente, era fiesta religiosa. También llenas de agua y barro. Se veía que era una ciudad con historia pero con muchos edificios apuntalados por peligro de derrumbe debido al terremoto de 2015.

                                                             En la ciudad de Patan

                                                  Nos pusieron el punto rojo en la frente

Desde allí nos llevaron a la ciudad cultural de Bhaktapur. Preciosa pero desastrosa, hecha ruinas por el terremoto y por la dejadez de los nepalíes, sucia y abandonada. Una pena. Por sus derruidas calles llenas de mierda y miseria estaban decapitando cabras porque era no sé qué fiesta.

                                         Fachada del museo nacional del arte de Bhaktapur


                                           Una cabra decapitada y quemada en plena calle

Todo por limpiar y arreglar pero no se veía a nadie trabajando en ello ¡Qué lástima!
Por último nos llevaron a ver La Gran Stupa de Buda en Katmandú, uno de los cuatro destinos budistas del Nepal. También afectada por el terremoto pero ¿dónde estaba la gente que trabaja?

                                    La Gran Stupa de Buda también en obras pero sin obreros

Dos días viendo la miseria de la pobre gente nepalí y lo que hacen por sobrevivir. Esperando a que el grupo regrese de la aventura. Me sobraron dos de los tres días.

                                            El resto del grupo de regreso a la capital

Por fin regresaron y lo celebramos con una gran comida (exquisita) en un restaurante internacional y por la noche, Dawa nos invitó a cenar en un típico restaurante nepalí. Perfecto, muy bueno y amenizado con bailarinas nepalíes que no estaban mal.

                                          De comilona después de terminado el Desafío

El siguiente día nos llevaron al aeropuerto. Avión con destino a Doha, capital de Qatar. Dos horas de espera y embarque con destino a Madrid. Un total de doce horas de vuelo que se me hizo un poco pesado pero por fin en mi querida España, el mejor país del mundo. Después de ver la miseria que hay en esa parte del mundo, aprecio mucho más todo lo que tenemos aquí. ¡Muchos no sabéis la suerte que tenemos habiendo nacido en España!

                                        El grupo en el hotel de Katmandú en la despedida

Estos relatos vividos en Nepal los titulo “Mi experiencia”. He intentado contar cómo lo viví y qué sentí en esos momentos únicos e irrepetibles, pero creo que eso es imposible. Esos momentos han sido extraordinarios, impresionantes, originales, insólitos e inolvidables pero lo más importante es que han sido personales, exclusivos de mí. Solamente yo sé lo que sentí y lo que en cada de esos instantes pasaba por mi mente. Ha sido mi experiencia y por lo tanto solamente yo la he vivido.

                              Una parte de la ciudad de Bhaktapur. Patrimonio de la Humanidad

lunes, 20 de junio de 2016

Evacuado en un helicóptero terminé mi aventura en el Himalaya. Desafío Nepal (Mi experiencia) 10

Amanecía cuando llamaron a la puerta “Paco, Paco, soy Jambo, desayunar” “OK, ya voy”. Desayuné solamente café con leche y le dije a Jambo que pidiera mi cuenta y la factura o nota. 700 rupias que entregué a Jambo para que las pagara (5,60 euros). Jambo cogió mi mochila y nos pusimos en marcha hacia Lobuche.

                                                              Aldea de Lobuche

Él iba unos 50 m. por delante de mí, pero hacía continuas paradas ya que mi paso era muy lento. El camino no tenía dificultad en condiciones normales pero cualquier desnivel, por pequeño que fuera, me suponía un gran esfuerzo y eso a pesar de que caminaba ayudándome de los bastones. Estaba totalmente agotado, física y mentalmente.

                                             Un porteador de utensilios y alimentos

No sé el tiempo que tardé en realizar el trayecto, el resto del grupo lo recorrió la jornada anterior en unas tres horas y media, pero cuando entré por el callejón que me conducía al edificio del albergue, lo hice dando bandazos por lo exhausto que estaba. Cuando Nangel y Monerris me vieron, corrieron hacia mí y me sujetaron hasta llegar a la puerta del alojamiento en donde me senté, no recuerdo si en una silla o en el suelo.
Me comunicaron que ya estaba avisado el helicóptero en el que me evacuarían junto a otro compañero del grupo, Joan, y que no tardaría en llegar. 

                                              Con Joan, mi compañero de expedición

Le di la nota de las 700 rupias a Monerris y él se la pasó a Nangel, el cual sacó de su bolso el dinero y extendió su mano para dármelo. Le dije que no lo quería, “es tuyo” –me contestó- “si es mío, dáselo a Jambo”. Cuando se lo entregó al sherpa, éste vino hacia mí y me dio un abrazo. Eran el equivalente a 5,60 euros y creo que más de lo que le pagaban por una dura jornada, pero conmigo se lo había ganado y bien. Su cara era de felicidad y a pesar de todo me la transmitió a mí.
La parte triste fue que al ser dos menos en el grupo, se tuvo que despedir a un sherpa. Se le pagaron sus servicios hasta ese día y tuvo que regresar a esperar de nuevo que alguien le contratara. 

                                                         Me despido del Himalaya

Trajeron mi equipaje y nos dirigimos al lugar donde se tenía que posar el helicóptero. Me encontraba “animadillo”, hasta les canté una canción que Monerris grabó. De pronto oímos el motor del aparato que venía a por nosotros. Aterrizó y rápidamente el jefe de los sherpas abrió una puerta y cargó los dos bultos de ambos evacuados. Subimos y enseguida levantó el vuelo rumbo a Lukla aunque realizó una parada en Namche Bazar para dejar al pasajero que ya venía en él.

                                                      Desde el interior del helicóptero

¡Una pasada! ¡Otra experiencia más! El viaje duró unos 20 minutos pero fue una gozada ya que volábamos a no demasiada altura entre cañones, ríos, desfiladeros, barrancos y magníficas montañas.

                                                          Preciosas vistas desde el aire

Aterrizamos en un “pedregal” junto a la pista de aterrizaje más peligrosa del mundo. Aquello era un caos de helicópteros que despegaban, aterrizaban y les suministraban combustible en bidones de plástico y con un embudo por el que caía más en el suelo que en el depósito. 

                                         Pista de aterrizaje de helicópteros en Lukla

Y de cuando en cuando algún avioncito tomaba pista. ¡Madre mía!
Estuvimos dos horas allí junto a una señora alemana, sin que nadie nos diera razón de nada. Nos tenían que llevar a los tres a algún hospital pero ¿Quién nos lleva? ¿Cómo nos van a llevar? ¿Cuándo saldríamos hacia Katmandú? ¿Sabrá alguien quien somos y qué hacemos allí?

                                        En la pista de los helicópteros con los equipajes tirados

Esa es otra historia que contaré en otro artículo.

                                        Terminal de helicópteros en el aeropuerto de Lukla

viernes, 17 de junio de 2016

Alcancé los 5.420 m. Desafío Nepal (Mi experiencia) 9.

El toque de diana fue a las tres y media de la madrugada, ya que la jornada era la más larga e intensa de todas. Desayuno y a la marcha. Poco más de las cuatro señalaba el reloj cuando con las linternas en la frente emprendimos el camino en fila india. Frio intenso y abrigados con todas las prendas disponibles, comenzamos la subida de lo que sería para mí el punto más alto que pude alcanzar.
Si desde que salimos de Dragnag íbamos pisando una ligera y fina capa de nieve, a medida que ascendíamos se convertía en más cuantiosa. La claridad del día comenzaba a presentarse ante nosotros y comenzamos a apagar las linternas de los frontales.

                                   Un descanso antes de llegar al Cho La Pass

Después de una fuerte subida llegamos a un collado (5.000 m.) desde el que podíamos ver el Cho La Pass, lugar a donde nos dirigíamos. Continuamos subiendo unas tres horas, hasta que llegamos a una zona completamente cubierta por la nieve por la que teníamos que comenzar otra encaramada subida entre las nevadas y heladas rocas que apenas se veían.

                                       Un pequeño descanso entre la nieve

Nuestros sherpas se distinguían en la ruta a una considerable altura y con un guía abriéndonos paso iniciamos el escarpado ascenso con la indicación de pisar en el mismo lugar de las pisadas que nos antecedían, el inconveniente era que al ir pisando en la misma zona, la nieve prensada se convertía en hielo y el peligro de resbalones aumentó. 

                                                          Hacia el Cho La Pass

 La precaución se hizo más acentuada  y la fatiga y el agotamiento comenzaron a aparecer. Se me hacía interminable la trepada por ese desnivel tan erguido.
No sé el tiempo que duró la ascensión al collado del Cho La Pass pero, aunque exhausto, llegué, y después de unos minutos de resoplidos y profunda respiración recobré un poco las fuerzas y levanté la cabeza para mirar a mí alrededor. 

                                                               En el Cho La Pass

Las panorámicas allí son excepcionales. No solo del glaciar que aparecía a nuestros pies y los lugares de las montañas que lo circundan en los que la nieve y el hielo lo surten. También se observan el Cho Oyu y otros varios montes que superan los 7.000 m.

                                               Pasamos por el interior de ese glaciar

Por lo que a mí respecta, había llegado al punto más alto de mi aventura nepalí, 5.420 m. de altura sobre el nivel del mar.
El grupo se veía feliz, se hacían fotografías, cantaban, nos felicitamos con abrazos y algunas se liaban un pitillo para aplacar el “mono”.

                                                  Cinco vileros a 5420 m. de altura

Asombroso y deslumbrante el glaciar que hay en la parte del collado de Cho La Pass que da al valle de Lobuche.
Para continuar nuestro camino se hizo imprescindible caminar por dentro del glaciar, y si el de Ngozumba era en su mayor parte de piedras, rocas y arena, éste era todo hielo con grietas y agujeros o pequeños lagos con agua y témpanos de hielo. Se percibía peligroso.

                                       Zona de hielo por la que cruzamos

Pero nuestros sherpas y guías eran buenos y conocían muy bien la zona y el terreno que pisaban. Nos indicaron lo mismo que cuando iniciamos la subida al Cho La Pass, pisar todos en las huellas que ellos iban dejando. Así lo hicimos y no por ello pudimos evitar algún que otro resbalón, pero la precaución era máxima y poco a poco pudimos atravesar toda la zona helada del glaciar Gaunara hasta llegar a un terreno sin hielo ni nieve y desde allí (salvando un difícil tramo de grandes rocas donde Joan tuvo que deslizarse con sus posaderas por una inclinada de unos 5 o 6 metros) a una senda que nos condujo al refugio de Dzonglha.

                                    Uno de nuestros sherpas bajando al glaciar de Dzonglha

Habían pasado unas ocho horas desde que comenzamos la jornada y la parada en Dzonglha era para comer y posteriormente continuar la marcha hasta llegar a Lobuche para pernoctar. Eso significaban tres y media o cuatro horas más de camino. He comenzado esta narración diciendo que sería la jornada más larga e intensa. Cerca de doce horas para llegar de un punto a otro.
Me planté. No pude continuar. No quise comer (habitual en los ocho días anteriores). Solo quería dormir. Intentaron convencerme de que siguiera hasta Lobuche, pero me era imposible, estaba agotado, sin fuerzas. Me dijeron que los sherpas ya habían salido hacia el albergue donde teníamos que dormir y por tanto mis enseres con el saco de dormir iban con ellos. “Me da igual” –Les dije- que me den mantas que me voy a dormir ahora mismo y mañana seguiré hasta Lobuche.
Así fue, me dieron tres colchas y me metí en la cama diciendo que no me llamaran hasta el día siguiente. La cabeza me daba vueltas y al igual que en los anteriores días continuaba sin poder dormir. Cuando terminaron de comer, el grupo continuó su marcha hasta el destino final del día, aunque yo no me enteré, estaba como flotando, sin ideas, sin pensamientos.

                                                        Albergue de Dzonglha

No sé qué hora sería, pero deberían de ser al rededor de las seis de la tarde, ya que tocaron a la puerta y al mirar por la cristalera de la ventana vi que estaba oscureciendo. Volvieron a tocar a la puerta, “Paco, Paco” –oí tras la puerta- “Qué pasa” –dije- “Cenar” –contestó- Me pareció la voz de uno de los sherpas, pero solo le dije “No quiero cenar” ”Despiértame mañana por la mañana”.
Avanzada la noche me levanté para orinar y deambulé por un par de pasillos sin saber dónde estaba y después de vagar por allí y de abrir alguna puerta, me encontré con la letrina (Un agujero en el suelo, sin papel higiénico y un bidón de plástico medio lleno de agua con un bote dentro de él.
Volví a la habitación (había dejado una abertura en la puerta para saber que era la mía) y me tumbé en la dura cama.