(Publicado en el libro de fiestas de San Miguel
Arcángel de la Ermita de Villajoyosa del año 2025)
Paseando por la Ermita hace unos días y con el pensamiento en
el recuerdo de mis primeros años de vida por mi querido barrio, de repente, me
vino a la cabeza “el Clot de la basura”. Nadie más joven que yo sabrá qué es
eso.
Para los que no sepan valenciano les diré que la traducción de "clot" es "hoyo", por lo tanto, en castellano, el título de esta pequeña crónica del tiempo sería "El hoyo de la basura".
En el lugar que hoy está el edificio del bar “La Ermita”, en
la década de los años 50 y principios de los 60 del pasado siglo (seguro que
muchos años antes), se encontraba “el Clot de la basura”.
En ese tiempo (supongo que también antes), la basura,
desperdicios y algún que otro mueble que ya era imposible remendar porque se
caía a trozos debido a su antigüedad y a los muchos remiendos que ya se le
habían realizado, se llevaban y depositaban en ese gran agujero de forma elíptica
excavado en el suelo. Las ropas, alpargatas y trapos no se tiraban porque
cuando el trapero pasaba con su carro tirado de un mulo, estas se canjeaban por
algún utensilio o cacharro (candil, plato, vaso, aceitera, vinagrera, etc.).
Cuando “el Clot” estaba casi lleno, alguien le prendía fuego
y así volvía a estar disponible para su función. No creo que los humos de sus
hogueras contaminaran demasiado, ya que, aunque el plástico se había inventado
hacía medio siglo, por aquí ni lo conocíamos ni sabíamos qué era eso.
“El Clot de la basura” no solamente era un punto trascendente
e indispensable para los vecinos de la Ermita, también era uno de los lugares
preferidos por los críos, por los más pequeños, ya que en él podíamos encontrar
algún que otro cacharro o trasto que nos sirviera para nuestros juegos infantiles.
Lo que más preferíamos y estimábamos los niños eran las latas que antes habían
estado ocupadas por berberechos, mejillones, atún, sardinas, etc. Las niñas
preferían los trozos y fragmentos de lo que antes fueron platos y otras
vajillas.
Con las latas, evidentemente pequeñas, que entonces tenían
forma ovoide, los niños, les hacíamos un agujero con un clavo en una parte de
su eje mayor y atábamos un hilo del cual tirábamos y ya teníamos un carro,
coche u otra clase de transporte. Las niñas utilizaban los “testets”, como así
llamábamos a los trozos de vajillas rotas, para jugar a las casitas, es decir,
los utilizaban en sus juegos como si de auténticas vajillas se trataran.
En la parte sur del “Clot”, recuerdo que el ti Perano tenía
un bancal siempre sembrado de alfalfa. Y en la parte norte había una gran
explanada donde los niños, un poco más mayores, jugaban al fútbol en los
recreos del colegio y al “calig” o al “roglet”, que eran juegos muy parecidos
donde se jugaban “les vistes” o tarjetas recortadas de las tapas de las cajas
de cerillas a las que se les daba un valor imaginario, además de ser la zona
donde los más pequeños jugábamos con las latas, remarcando con los pies las
carreteras por donde pasaban nuestros vehículos.
También recuerdo que allí se montaba el templete desde donde
actuaban las orquestas durante las fiestas de San Miguel.
Posteriormente, años 1961 o 1962, toda esa zona o solar se
utilizó para la construcción del Cinema San Antonio o cine de la Ermita. Más o
menos sobre esas fechas, comenzó a recogerse la basura, desperdicios y desechos
con un camión que pasaba por la Ermita todas las tardes.
A partir de ahí, “el Clot de la basura” desapareció. El lugar
de juegos de la infancia ermitaña y del templete festero cambió. Los plásticos
comenzaron a aparecer y a contaminar nuestras vidas. Unos juegos fueron
perdiéndose dando paso a otros (Señor rey me gusta en las esquinas del
campanario, a fava, “els clotets” en la plaza de la fuente, a “córrega” en la
gran plaza frente a la iglesia, a las canicas, conillets amagats, a los
trompos, a churro, mediamanga o mangotero, al escondite, a la rayuela, a la comba
o saltar la soga, al “fum fum tabaco de fum” y otros muchos que
desgraciadamente han desaparecido y que antes, no solamente servían para
divertirnos, sobre todo servían para afianzar la amistad, el compañerismo, el
aprecio y el afecto entre los que éramos niños y que en algunos ha perdurado
durante toda la vida.
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